martes, 10 de agosto de 2010

missed connections

Sophie Blackall es, además de una fantástica ilustradora, un ser absolutamente encantador, lleno de energía y creatividad.
Hace algo más de un año comenzó un proyecto personal apasionante, para explorar otro tipo de ilustración, algo alejada de lo infantil.
Se trata de un blog llamado Missed connections (que se puede traducir como "desencuentros"). Sophie vive en Nueva York. En esta ciudad, en algunos periódicos, existe una sección en la que aquellas personas que han tenido instantes fugaces de encuentro, que se han cruzado con alguien que les ha llamado la atención, con quien han intercambiado miradas, palabras... pero no han tenido el valor de hacer nada al respecto, dejan mensajes para intentar volver a encontrarse. Sophie elige uno de esos mensajes una vez a la semana, y lo ilustra. El resultado podéis encontrarlo pinchando en la ilustración:


jueves, 15 de julio de 2010

Los pop-ups de David Carter

Se puede decir que no soy una gran fan de los libros con solapas, ventanitas y técnicas de pop-up. Los habituales de la librería probablemente se habrán dado cuenta en seguida. En general, siento que estos libros están más cerca del juego que del libro, y a veces incluso llegan a interferir en la lectura de la historia, como ocurre, por ejemplo, en la versión pop-up de "El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza", donde los niños están tan interesados en manipular las solapas que ni siquiera se ríen.
Ahora bien, hay unas cuantas excepciones. Entre ellas se encuentran Popville, de Anouk Boisrobert y Louis Rigaud, publicado este año por Kókinos. La versión de El principito de Salamandra, con el texto íntegro (lo cual agradezco enormemente), cuya primera edición se agotó nada más salir. Y la versión de El mago de Oz de Sabuda, publicada por Kókinos, junto con Alicia en el País de las Maravillas y Peter Pan (que me gustan bastante menos).
Entre las excepciones destacan también los libros de David Carter, verdaderas arquitecturas en papel que invitan al juego: El punto rojo, El 2 azul, 600 puntos negros, Cuadrado amarillo y el increíble Los elementos del pop-up, que te explica paso a paso todas las técnicas que utiliza en la realización de sus obras.
El autor nos presenta en este vídeo todos sus libros, incluido el último que aún no está publicado. (Aunque no entendáis inglés, es tan visual y expresivo que merece la pena verlo)

The Pop-Up Artist from Manny Crisostomo on Vimeo.

martes, 15 de junio de 2010

Tim Knol - When I Am King (HD) from SubmarineChannel on Vimeo.

Una preciosa miniatura elaborada analógicamente (cinco horas de trabajo de media por segundo) a través pirografía y stop-motion. Su autor es Sverre Fredriksen, un noruego afincado en Amsterdam. La canción es del autor holandés Tim Knol.

martes, 25 de mayo de 2010

cajas

Me gustan las cajas. Las he tenido de todos los tamaños y colores; forradas de papel, de plástico o de tela. En ellas, residen trozos de mi vida: mechones de pelo, entradas de cine, fotos, versos, cartas amarillentas... Las guardo, casi todas, en casa de mi madre. Cuando necesito mirar hacia atrás, o reflexionar sobre el pasado, las saco y contemplo todos esos objetos que algún día significaron algo para mí, que en la mayoría de los casos he olvidado.

También me gustan las cajas de artista: en ellas guardan sus pequeños universos. Algunas me gustan tanto, que alguna vez deseé vivir allí. Creo que podría pasarme horas mirando al horizonte frente a la ventana de esta caja de Cornell, Toward Blue Peninsula.

La semana pasada recibí en la librería un libro nuevo: Kassunguilá, de Monique Zepeda, editado por Fondo de Cultura Económica. Ya lo había visto en la Feria de Bolonia, pero entonces, un poco saturada con tanta belleza, preferí esperar a tenerlo en la tranquilidad de mi espacio, bajo la nube.




Llevaba días dormitando a mi lado. No me cansaba de contemplarlo, de acariciar sus páginas, sin atreverme a sumergirme.
Anoche probé a mojar la punta del pie, y ya no pude resistirme. Ahora me asomo a cada rato a los complejos universos que componen sus ilustraciones: cajas habitadas por el pez protagonista, cajas que cambian como cambia nuestra percepción del mundo cuando nos dejamos llevar por los estado de ánimo, por las mareas de las emociones que flotan en el ambiente, de los acontecimientos que estallan a nuestro alrededor. Cajas que contienen el mundo exterior e infinitos mundos interiores.


Y así, llevo días navegando, yo que siempre preferí contemplar el mar desde la orilla. Porque leer Kassunguilá es como viajar en una caja multicolor, mecida por el mar poético del texto, preguntándonos si queremos llegar a Ítaca, o si la magia reside en prolongar el camino.

(Reseña publicada en la revista Educación y Biblioteca, en Septiembre-Octubre 2009)

jueves, 15 de abril de 2010

Diógenes

Vale, lo reconozco. Este libro tenía todos los ingredientes para que me gustase.


Primero, el título. Un título que me pareció extraño para un libro de literatura infantil. Más aún cuando descubrí que era el nombre del protagonista. ¿Un niño que se llama Diógenes? Menos mal que todo cobra sentido cuando se empieza a leer; él y toda su familia sufren su particular versión del síndrome de Diógenes: guardan todo lo que encuentran.

Lo que nos lleva a un segundo ingrediente: mi propio complejo de Diógenes, sobradamente conocido por todos los que me rodean, heredado además por mi hijo. Y es que tengo tendencia a guardar todo lo que me encuentro, todo lo que me recuerda a un momento de mi vida que no quiero olvidar (desde la entrada de una película que me emocionó hasta una ramita recogida en el parque la primera vez que lloré por un chico). Guardo todas las cartas que he recibido desde los quince años (las anteriores no, pero sólo porque mi madre las tiró en la mudanza). También guardo trozos de papel, de cuerda, de cartulina, de tela, todos los envoltorios de los regalos de navidad, piedras, conchas... porque sospecho que alguna vez, en algún momento, me van a servir. Para comprobarlo basta con pasar por el espacio de taller de la librería. Menos mal que cuento con Olalla, que de vez en cuando hace limpieza a mi pesar. Porque todo Diógenes necesita a alguien como mi madre o como Olalla, que ponga límites, que si no...

...Si no, pasa como en la familia del protagonista de este libro. Cada uno junta, colecciona, acumula, lo que da origen a una serie de relatos encadenados, anécdotas repletas de ese humor de Pablo Albo que tanto me hizo reír en Melena.

Y así llegamos al tercer ingrediente. No sé si es Pablo Albo o el humor de Pablo Albo. El caso es que yo, que tengo fama de tener un sentido del humor escaso o particular, me río a carcajadas con sus historias.

Así que lo reconozco, me encanta este libro. No lo puedo explicar mejor. Quizás tampoco haga falta. Ocurre, y yo lo disfruto y lo comparto.
Diógenes. Pablo Albo. il. Pablo Auladell. Ed. Kalandraka, 2010

sábado, 10 de abril de 2010

Samare


Samare

Sylvia Filus | Vídeos musicales MySpace


Un delicioso corto de uno de mis ilustradores favoritos: Nicolai Troshinsky