martes, 22 de septiembre de 2009
martes, 8 de septiembre de 2009
si te cuesta tomar la sopa...
"Una vez a los niños se les ocurrió preparar una comida en la cocina de las muñecas.
Un niño puso leche en la tartera, la niña echó chocolate en polvo y después el niño lo removió todo. ¡Era un estupendo flan de chocolate! Todos los muñecos podían comer de él. Llegó el gato, que también quería comer. Los niños le dieron un plato de flan. Slap, slap, y se vació el plato. El gato maulló: "¡miau!". Quería más flan. Los niños le dieron otro plato de flan. Slap, slap, y el plato se volvió a vaciar. El gato volvió a maullar "¡miau!" y los niños le dijeron: "¡No te daremos más!". Pero consiguió empujar la tartera con la pata y el flan se desparramó por el suelo. Slap, slap, el gato lo lamió todo. Al principio, los niños le riñeron; después se rieron e hicieron otro flan. Y el gato ni lo probó".

Ésta y otras 26 fantásticas historias para tomar la sopa, las podéis encontrar en este libro:
27 historias para tomar la sopa
Textos de Ursula Wölfel. Ilustraciones de Pablo Bernasconi
Kalandraka, 2009 (reedición)
Un niño puso leche en la tartera, la niña echó chocolate en polvo y después el niño lo removió todo. ¡Era un estupendo flan de chocolate! Todos los muñecos podían comer de él. Llegó el gato, que también quería comer. Los niños le dieron un plato de flan. Slap, slap, y se vació el plato. El gato maulló: "¡miau!". Quería más flan. Los niños le dieron otro plato de flan. Slap, slap, y el plato se volvió a vaciar. El gato volvió a maullar "¡miau!" y los niños le dijeron: "¡No te daremos más!". Pero consiguió empujar la tartera con la pata y el flan se desparramó por el suelo. Slap, slap, el gato lo lamió todo. Al principio, los niños le riñeron; después se rieron e hicieron otro flan. Y el gato ni lo probó".

Ésta y otras 26 fantásticas historias para tomar la sopa, las podéis encontrar en este libro:
27 historias para tomar la sopa
Textos de Ursula Wölfel. Ilustraciones de Pablo Bernasconi
Kalandraka, 2009 (reedición)
martes, 18 de agosto de 2009
cortar los hilos

Un día, por casualidad, en esta red enmarañada que a veces te descubre almas gemelas, llegué a La Mala Hierba. Allí encontré los acertados artículos de Ana Lorenzo, que nos invitan a reflexionar, pero sobre todo a reflexionarnos.
El primero que leí fue "Lo poquito que sé de lectura, de lectores y de niños", un texto algo controvertido no sólo sobre lectura, sino sobre cómo crecen las nuevas generaciones y sobre nuestro papel como padres y educadores. No dejéis de leerlo. Me hizo pensar, y repensarme. Compartí el artículo y largas conversaciones con gente cercana, que me hicieron recordar la importancia de los vínculos con los hijos, de cosas que parecen insignificantes pero que rara vez lo son.
Desde entonces, cuido los hilos. A veces toca remendarlos. Procuro no olvidar que hay que tejer las redes a pequeñas puntadas y esperar que sus hilos sean lo suficientemente fuertes para no perdernos, pero lo suficientemente flexibles para que los míos vuelen libres. Quizás los padres sostengamos para siempre un ovillo invisible en nuestras manos, para que nuestros hijos sepan siempre volver.
Ahora voy a menudo donde crece la mala hierba, como quien acude al oráculo o a algún lugar apartado para pensar, deseando que nos encontremos algún día fuera de esta pecera-océano. Seguro que estaremos tejiendo.
El primero que leí fue "Lo poquito que sé de lectura, de lectores y de niños", un texto algo controvertido no sólo sobre lectura, sino sobre cómo crecen las nuevas generaciones y sobre nuestro papel como padres y educadores. No dejéis de leerlo. Me hizo pensar, y repensarme. Compartí el artículo y largas conversaciones con gente cercana, que me hicieron recordar la importancia de los vínculos con los hijos, de cosas que parecen insignificantes pero que rara vez lo son.
Desde entonces, cuido los hilos. A veces toca remendarlos. Procuro no olvidar que hay que tejer las redes a pequeñas puntadas y esperar que sus hilos sean lo suficientemente fuertes para no perdernos, pero lo suficientemente flexibles para que los míos vuelen libres. Quizás los padres sostengamos para siempre un ovillo invisible en nuestras manos, para que nuestros hijos sepan siempre volver.
Ahora voy a menudo donde crece la mala hierba, como quien acude al oráculo o a algún lugar apartado para pensar, deseando que nos encontremos algún día fuera de esta pecera-océano. Seguro que estaremos tejiendo.
lunes, 27 de julio de 2009
viernes, 24 de julio de 2009
sábado, 18 de julio de 2009
pequeños tesoros
Lo que más me gusta de la película Amelie, de Jean Pierre Junot, es la presentación de la protagonista a través de las cosas que más le gustan: descubrir detalles que nadie ve en las películas, hacer rebotar piedras sobre la superficie del agua y, sobre todo, meter la mano en el saco de las legumbres. Desde que la vi, cuando voy a una de esas pequeñas tiendas de comestibles en las que todavía se puede comprar a granel, me fijo en los niños: casi siempre, nada más descubrir los sacos, hunden su manita en ellos para sentir los garbanzos, el arroz, las lentejas, el maíz. Yo acabo imitándolos, medio escondida, envuelta en la sensación que me produce su tacto y el pudor de que alguien pueda descubrirme. No sé por qué cuando nos hacemos adultos perdemos el gusto por aquellas pequeñas cosas que de pequeños nos fascinaban. Sospecho que, en realidad, intentamos olvidarlas porque nos da un poco de vergüenza disfrutar con ellas siendo tan grandes (y tan tontos).
Cuando unos años después descubrí el libro Me encanta, me quedé encandilada. Su autora, Minne, hace un repaso por las sensaciones que recuerda de su niñez, que Natalie Fortier ilustra magistralmente, con su personal estilo de bocetos en apariencia inacabados y descuidados, con rostros que sorprenden por su capacidad de mostrar una variedad de emociones con trazos sencillos.

Mis preferidas, aquellas que me han devuelto secretos olvidados:
"Me encanta estar de pie en la orilla, y que las olas se lleven la arena bajo mis pies y se haga un pequeño remolino".
"Me encanta el sonido de la lluvia, al caer sobre mi paraguas rojo".
"En la parte de atrás de la casa de la abuela hay una cuesta con hierba. Me encanta lanzarme por ella y rodar. El otro día rodamos juntos, abrazados, mi hermano y yo, y fue aún mejor".
"Poner los pies encima de los zapatos de papá y caminar juntos por el salón".
Algunas, las he recuperado, intentando vencer el pudor. Otras, ya imposibles, se las regalo a mis hijos. A los que por cierto, les gusta este libro tanto como a mí.
Me encanta. Minne, il. Natalie Fortier. Madrid: Kókinos, 2004.
Cuando unos años después descubrí el libro Me encanta, me quedé encandilada. Su autora, Minne, hace un repaso por las sensaciones que recuerda de su niñez, que Natalie Fortier ilustra magistralmente, con su personal estilo de bocetos en apariencia inacabados y descuidados, con rostros que sorprenden por su capacidad de mostrar una variedad de emociones con trazos sencillos.

Mis preferidas, aquellas que me han devuelto secretos olvidados:
"Me encanta estar de pie en la orilla, y que las olas se lleven la arena bajo mis pies y se haga un pequeño remolino".
"Me encanta el sonido de la lluvia, al caer sobre mi paraguas rojo".
"En la parte de atrás de la casa de la abuela hay una cuesta con hierba. Me encanta lanzarme por ella y rodar. El otro día rodamos juntos, abrazados, mi hermano y yo, y fue aún mejor".
"Poner los pies encima de los zapatos de papá y caminar juntos por el salón".
Algunas, las he recuperado, intentando vencer el pudor. Otras, ya imposibles, se las regalo a mis hijos. A los que por cierto, les gusta este libro tanto como a mí.
Me encanta. Minne, il. Natalie Fortier. Madrid: Kókinos, 2004.
sábado, 11 de julio de 2009
un año más
Pasa otro año, y sigo sintiendo que este nuevo número no dice nada de mí. No es que me sienta más madura, ni más infantil, ni más joven, ni más vieja. Es simplemente, que considero la edad una etiqueta. Miro a mi alrededor. Si me fijo en la cifra, tengo entre mi gente todo un espectro que tiende a infinito. Sin embargo, esto no condiciona mi relación con ellos.
Con los libros, pasa un poco igual. En un momento en el que lo que importa es la juventud, es decir, la novedad, los libros que tienen dos o tres años se consideran obsoletos. Pero que alguien venga a cuestionarme la "modernidad" de las ilustraciones de Pequeño azul, pequeño amarillo , de Leo Lionni; o del álbum Donde viven los monstruos, de Maurice Sendak; o de cualquiera de las maravillosos textos de Arnold Lobel.
Cada persona construye su camino, desde la sabiduría de su momento. Los libros forman parte de él, como pequeños pasteles que nos dicen "cómeme", y nos ayudan a hacernos grandes, o pequeños, según la necesidad del momento.
Es lo que nos hace ricos e irresistibles.
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