Cuando nació mi primer hijo, recuperé las ganas de jugar. De hacer pedorretas, de cantar canciones, de perseguirte por la casa. De columpiarme y bajar por un tobogán. De embarrarme, de hacer castillos en la arena. Y ya el pudor no tiene sentido, porque uno tiene la coartada perfecta: está jugando con su hijo. En mi caso, no se trata sólo de compartir un tiempo, un espacio y un interés con él, con ellos. También se trata, simple y llanamente, del placer de jugar.
Ahora mis hijos han crecido medio metro, y las posibilidades aumentan: juegos de palabras, de ingenio, de memoria, de estrategia. Cuando yo era pequeña, en mi casa apenas se jugaba a juegos de mesa. Como mucho, alguna partida al parchís y o a las cartas con mi abuela. Así que ahora, a través de la librería y de mis hijos, los he redescubierto.
Y de juegos, precisamente, quería hablar en este post. De unos juegos fantásticos que acabamos de recibir, y a los que estamos ya enganchados. Hay más, pero hoy quería hablaros, sobre todo de dos.


Hay más juegos, de los que os iremos hablando poco a poco. Un diseño sencillo pero efectivo, en cajas pequeñas, con muchas posibilidades.
¡Hagan juego!
(estos y otros juegos están disponibles en nuestra página web, en la sección jugar en familia)