
Primero, el título. Un título que me pareció extraño para un libro de literatura infantil. Más aún cuando descubrí que era el nombre del protagonista. ¿Un niño que se llama Diógenes? Menos mal que todo cobra sentido cuando se empieza a leer; él y toda su familia sufren su particular versión del síndrome de Diógenes: guardan todo lo que encuentran.
Lo que nos lleva a un segundo ingrediente: mi propio complejo de Diógenes, sobradamente conocido por todos los que me rodean, heredado además por mi hijo. Y es que tengo tendencia a guardar todo lo que me encuentro, todo lo que me recuerda a un momento de mi vida que no quiero olvidar (desde la entrada de una película que me emocionó hasta una ramita recogida en el parque la primera vez que lloré por un chico). Guardo todas las cartas que he recibido desde los quince años (las anteriores no, pero sólo porque mi madre las tiró en la mudanza). También guardo trozos de papel, de cuerda, de cartulina, de tela, todos los envoltorios de los regalos de navidad, piedras, conchas... porque sospecho que alguna vez, en algún momento, me van a servir. Para comprobarlo basta con pasar por el espacio de taller de la librería. Menos mal que cuento con Olalla, que de vez en cuando hace limpieza a mi pesar. Porque todo Diógenes necesita a alguien como mi madre o como Olalla, que ponga límites, que si no...